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Comentarios por Ana Pardo
Si tuviera que expresar en pocas
palabras el contenido del cuadro bastaría la frase siguiente:
“Con La
sombra cierro el ciclo de
cuadros dedicados al examen de las interacciones existentes entre la
parte real e irreal del hombre”.
Simple y, al mismo tiempo, ¡qué insípido!
Sé que una obra de arte tiene un valor
expresivo por sí misma, o al menos debe perseverar en ese objetivo, pero en
mi caso, y al mismo tiempo, debe sumarse un profundo contenido metafórico,
ya que son mis propios pensamientos los que actúan de esqueleto. En este
caso, con independencia de que el espectador pueda advertir o no el
concepto que encierra el cuadro, la reflexión interna que motivó el trabajo
no está exenta de cierto interés, y sí de toda trascendencia.
Frase confusa o misteriosa, como quieran llamarlo, pero por esa manía que
tengo de no dejar un planteamiento tan desamparado, empezaré a dar sentido
a mis reflexiones tomándome la licencia de viajar atrás en el tiempo y
rescatar el amable correo que recibí de una señorita chilena afincada en
Suecia. Entre otras cosas, mi simpática pintora sugería que escribiese un
libro autobiográfico, ya que, bajo su perspectiva, estaba interesada más
por mis palabras que por mi pintura. Aclaro, ante las suspicacias que
pudieran aparecer, que en ningún momento sentí menoscabo; se considera ley
en este oficio la pública indiferencia de un pintor hacia la obra de otro
coetáneo. El pintor actual no reconoce más arte que el de aquel a quien le
cubre 2 metros de tierra. Son pocos los que viven al margen de esta ley,
pero al menos y en este caso, no guardo dudas de que trataba con una
verdadera pintora.
De pintora a pintora le referí las causas por las cuales declinaba su
atractiva proposición. En este punto quizás vuelva a surgir algún que otro
recelo, pero puedo afirmar, con toda suerte de excusas, que realmente
creía, y creo aún, en las palabras que escribí y que, sin alterar el
sentido, reproduzco a continuación:
<<.......Nunca he
considerado escribir un libro recopilatorio, bien en su forma técnica o
memorial. Todos mis conocimientos e ideas artísticas quedan plasmadas
obra tras obra; por otro lado relatar mi vida sería de lo más somnoliento
para el lector dado lo insustancial de su contenido. Nunca salgo de mi
estudio y mi pintura es demasiado molesta para aquellos que pretenden
deslumbrar al mundo con su erudición. No ambiciono crear un interés que
la gente no desea. Cada día estoy más convencida de la ineficacia que
representa la verdad en la sociedad. A lo largo de la historia, miles de
hombres nos han contado las verdades, expresadas con más claridad de la
que yo pudiera alcanzar, y sin embargo, aun proclamándolos sabios, no
tardamos más que un segundo en olvidar su voces y negar sus enseñanzas.
En el mundo de la pintura por ejemplo, ¿cómo puede llamarse genio a
Rafael y acto seguido calificar de extraordinario un punto aleatorio,
acompañado de una raya todavía más aleatoria? No hay razones artísticas
sino intereses económicos; yo sólo puedo elucubrar acerca de las
primeras.
Hemos pasado del mundo literario al mundo de las citas, y aun en este
caso, el hombre sigue traicionando las palabras que, tras su lectura,
había dado por buenas.
Como dijo el sabio: "No puede enseñarse a quien no quiere aprender"; y el
aprendizaje es dedicación exclusiva, más allá de las 15 lecciones que los
pedagogos conocen y los estudiantes demandan. Es por lo que mi producción
literaria sólo se limita a pequeñas reseñas que gente, tan amable como
tu, me pide que realice de cada uno de mis cuadros. ....>>
Es en este texto y en este contexto
cuando empiezan a cobrar sentido los atributos de relevancia e
intrascendencia que incorporé en mi primera reflexión, y donde, por primera
vez, surge la sombra como factor que acompaña a nuestra capacidad racional
e imaginativa, que se nos manifiesta, pero que al mismo tiempo desdeñamos,
bien remodelando su espectro, bien con la indiferencia.
¿Qué representan nuestros sueños y
nuestra propia realidad cuando desfilan ante la distraída mirada de la
Historia?: ¿una anécdota?, ¿una sombra?
Como comenté en otra ocasión, nuestros sueños, ilusiones y fantasías se
presentan de formas bien distintas. Dependiendo de nuestro entorno, nuestro
tesón o nuestra suerte, podrán, en el mejor de los casos, desembocar en
éxito, triunfo y gloria, o en el peor de ellos, en frustración, fracaso e
incluso, porqué no, la propia muerte; descubriremos verdades universales
aunque nunca lleguemos a percibirlo; cometeremos errores, tan grandes como
el genocidio.
Nuestras actuaciones tienen consecuencias, y lejos de negarlas, el saber y
la experiencia acumulada a lo largo de los siglos debieran servirnos para
equiparar nuestra evolución social a la tecnológica. Pero existe algo en
nuestra naturaleza que frena esa evolución, que se impone a nuestra parte
racional y nos condena a repetir cíclicamente nuestros errores.
¿Por qué el hombre acaba echando una cortina sobre tanto saber acumulado?
¿Porqué es nuestra memoria un órgano tan frágil y volátil? ¿Porqué los
hechos más extraordinarios o más despreciables de nuestra especie acaban
transformándose en recuerdos, luego en leyendas para convertirse finalmente
en meras sombras? ¿Realmente quiere evolucionar el hombre?
Bueno es dedicar un capítulo al
esclarecimiento de estas dudas, y que, por supuesto, no eludiré; pero
pertenecen a otro cuadro y en otro cuadro las resolveré. El discurso de La
sombra no quiere llegar tan lejos, sólo mostrarnos en qué se convierten y
en qué convertimos a lo largo del tiempo los diversos testimonios de la
cualidad que más nos humaniza.
Además, se me antoja irónico pensar que las preguntas hayan sido mil veces
respondidas, y que estas respuestas se encuentren envolviéndonos
permanentemente, vagando como fantasmas en un bosque, esperando a que una
persona recoja su espíritu para dar sentido y continuidad al sacrificio que
una vez realizaron.
La sombra
representa mi más respetuoso saludo a la gloria del pasado.
Ana Pardo
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